p'ijyo'tan

pedagogías indias

Inteculturalidad horizontal

 

 

Aproximación a la temática

 

Armando Verdín Galán

Ma. Mónica Cuellar Ayala

 I. ¿Qué tipo de interculturalidad para la educación “indígena”?

 I.1. Presentación

La educación de los pueblos originarios en México se ha centrado en una enseñanza monocultural y unilateral (unidireccional), impuesta desde una óptica de colonización. Esto significa probablemente que no se hayan creado las condiciones para que los educandos reflexionen sobre su propia identidad  y mucho menos a que se confronten con otras formas de ser y de hacer. Simplemente se ha pretendido que adopten patrones y formas de comportamiento propios de la versión mexicana de la cultura occidental sin que puedan contrastarlos o compararlos con los propios; y de es modo educarse “interculturalmente”. Se trata de una monoculturalización basada en un “homogenismo”, según el cual lo homogéneo no es sólo lo deseable, sino la norma (Dietz 2003:100).

Durante la Colonia, el propósito de la “educación” dirigida a la población autóctona era el de colonizarla cultural, política, económicamente. Dicha colonización tenía como trasfondo una actitud civilizadora. Para lograr ese cometido era preciso erradicar las lenguas y culturas autóctonas: “el enfrentamiento abrupto de los hablantes de lenguas indígenas al español se traducía en un despojo cultural…” (Bravo Ahuja 1977:16).

Por poner un ejemplo respecto a la educación fragmentada dirigida a los pueblos originarios, veamos el caso de la enseñanza del español a hablantes de lenguas mexicanas que se ha caracterizado por su énfasis en la alfabetización, dejando de lado el desarrollo de competencias gramaticales y comunicativas en el alumno. La mayoría de las veces el aprendiz resulta ser el menos involucrado en el proceso, sin tomar en cuenta sus intereses ni el gran potencial cognoscitivo de su lengua y su cultura. Se trata de una postura vertical desde la cual se considera la lengua y cultura nacionales como superiores a las culturas de los pueblos originarios y a sus lenguas.

Esta noción de verticalidad coincide con el “concepto jerárquico” de cultura propuesto por Bauman al cual hace referencia Dietz (2003:55). A partir de dicho concepto, la cultura está jerarquizada de manera vertical, en contraste con el “concepto diferencial”, desde el cual se ve la diversidad desde una perspectiva horizontal.

Es hasta hace relativamente poco que comienza a adoptarse una postura intercultural desde la cual la relación entre estas lenguas y culturas y el español empieza a dar un giro hacia lo horizontal; es decir, empieza a tomarse en cuenta la perspectiva del otro. Muñoz (2002:26) se refiere al último cuarto del siglo XX como el momento en que las nociones de interculturalidad y de educación indígena hacen su aparición en el ámbito de la educación pública indígena en la mayoría de las naciones latinoamericanas.

Para que se dé la educación intercultural es necesario ponerse en la situación del otro; tratar de conocer la conceptuación que subyace al aprendizaje de los contenidos educativos y, de esa forma, entender la manera en la que se aproxima a la versión mexicana de la cultura occidental.

Puede que el traslado a una perspectiva horizontal resulte algo no muy común para la forma de pensar “occidental”. Sin embargo, al parecer este tipo de postura es parte fundamental de la cosmovisión de algunos pueblos mesoamericanos, si no es que de todos. Lo anterior se deja ver no sólo en su filosofía sino también en su lengua.

Carlos Lenkersdorf (2002) ejemplifica lo anterior al mostrar el contraste entre la manera de estructurar una frase en español y en tojolabal, lengua maya hablada en Chiapas. Una frase como “Yo te dije” en español expresa unidireccionalidad y verticalidad en tanto que la comunicación se da de arriba hacia abajo. Hay un sujeto agencial cuyo acto se proyecta hacia un objeto directo; la comunicación se da de manera impositiva. La idea equivalente en tojolabal, en cambio, diría algo así: “Yo dije. Tú escuchaste”. Se expresa por medio de dos frases con una estructura bidireccional, en donde hay dos sujetos agenciales cuyas acciones se complementan. La comunicación es por lo tanto complementaria.

El mismo tipo de relación se da en otros ámbitos de la cultura tojolabal. Las relaciones sociales se caracterizan por ser horizontales. Es decir, la gente en esta cultura se relaciona con respeto y de manera complementaria; sus relaciones “no son autoritarias ni impositivas”. Del mismo modo, en el ámbito educativo las relaciones del saber/aprender se dan en una plano entre iguales que se coordinan (Lenkersdorf 2002:129; 199). El tipo de relación cultural de los tojolabales tiene puntos en común con las relaciones culturales que se dan dentro de otros grupos culturales, como el tseltal, el tsotsil, el náhuatl, entre otros.

“En la relación intercultural la atención debe ser puesta tanto en el "YO" como en el "OTRO"” (Mancini 2002). Lo anterior significa que se deben tener en cuenta las percepciones mutuas de un grupo con respecto a otro; cómo percibo yo al otro dentro de su cultura y cómo puede que el otro me perciba a mí y a mi grupo cultural. En palabras de Muñoz Sedano (1997:120): “La educación intercultural es la educación del hombre en el conocimiento, comprensión y respeto de las diversas culturas en la sociedad en la que vive”.

         Así pues, podríamos decir que los pueblos originarios podrían aportar a la educación esta versión de interculturalidad horizontal, la cual cobra sentido si comenzamos a sentir, pensar, actuar y relacionarnos desde un plano horizontal de igualdad y reciprocidad entre las diferentes culturas del mundo.

I.2. ¿Qué tipo de interculturalidad para la educación intercultural bilingüe “indígena”?

Es cierto que al hablar de interculturalidad es necesario especificar a qué tipo de interculturalidad nos estamos refiriendo. No hay una interculturalidad universal, así como no hay una cultura global. Lo anterior va de acuerdo con lo expuesto por García Castaño y Granados Martínez (2002:66): “no hay una sola y única cultura que defina plenamente a todos los grupos sociales que conforman las modernas sociedades”. El término interculturalidad es muy amplio y puede presentar variaciones, dependiendo de los grupos culturales que estén involucrados. Por ejemplo, la noción de interculturalidad puede ser diferente si la relación se da entre países cuyas lenguas son consideradas “de prestigio”, como Inglaterra y Alemania. La relación puede cambiar si se trata de una lengua “de prestigio” y emigrantes que la aprenden. La interculturalidad puede aún ser de otro tipo si pensamos en la relación entre los pueblos originarios y el resto de los hablantes del español, como el caso de México.

Como se señala en Dietz (2003:149), naciones como España distinguen entre tipos de diversidad cultural: por un lado está la que se refiere a los grupos inmigrantes, y por el otro la que apunta al grupo étnico gitano. Son estos fenómenos a los que el mismo autor se refiere como etnogénesis migrante y etnogénesis aborigen (2003:183).

En la misma España el fenómeno de la interculturalidad adopta diferentes matices dependiendo de los grupos inmigrantes que se interrelacionen con la población nacional, como señalábamos arriba. Se trata de un tipo de interculturalidad selectiva, en donde el discurso intercultural se pronuncia hacia los inmigrantes provenientes de países del tercer mundo a quienes se asocia con la marginación, la pobreza y la barbarie; no así hacia los extranjeros provenientes de Europa central o del primer mundo (García Castaño & Granados Martínez 2002: 70-71). En palabras de estos autores, la interculturalidad vista así cae mejor en una descripción compensatoria y asimilacionista.

Según Godenzzi (citado en Ruiz López 2002:122), “…el concepto de interculturalidad significa…la relación entre una cultura indígena y la llamada ‘cultura occidental’.” Explica que lo anterior significa la existencia de una situación desigual, conflictiva y asimétrica desde un principio. La solución para lograr una interrelación cultural efectiva es respetar la dignidad cultural del pueblo originario, desechando prejuicios y cambiando actitudes.

Al hablar de un modelo intercultural bilingüe podemos percatarnos de que se da una tendencia a querer incorporar a los grupos originarios a la versión mexicana de la cultura occidental. El flujo de contenidos y valores comúnmente se ha dado en una sola dirección (cf. Verdín 2005). El cambio de una postura vertical a una horizontal implica simetría en la interculturalidad. Es decir, debe dejar de pensarse en la cultura y en las lenguas indígenas como inferiores al español. Implica que la educación y los procesos de enseñanza tomen en cuenta el universo cultural del “otro”; que se lleve a cabo una aproximación cultural y lingüística de los destinatarios de la educación, lo cual podría facilitar el tránsito entre las culturas y, por lo tanto, el aprendizaje de la otra lengua y su riqueza cultural.

Dietz señala que la interculturalidad requiere de “habilidades de empatía, socialibilidad y mediación entre contextos heterogéneos”, pero que en las situaciones reales de comunicación revelan una asimetría en las relaciones de poder, siendo el organizador del debate quien “dicta” la agenda (Dietz 2003:72).

Desde una interculturalidad horizontal (recíproca y complementaria), de acuerdo con Monsonyi y González (1975, citados en Hamel et al. 2004), “la interculturación busca el máximo rendimiento de las partes en contacto cultural, evitando en lo posible la deculturación y la pérdida de valores etnoculturales…”. En situaciones así, la cultura y la lengua materna del hablante no nativo del español se convierten en el centro de los programas de interculturación.

Así pues, en la educación intercultural horizontal la lengua y cultura de los pueblos originarios tiene que constituirse el punto de partida para la elaboración de los contenidos de enseñanza y de las propuestas metodológicas; pero, al mismo tiempo, se debería hacer un desarrollo contrastivo de lo propio con los valores y lengua de las diversas culturas nacionales y del mundo y no sólo con el español.

I.3.-   Educación intercultural

Al igual que con la noción de interculturalidad, tal vez no pueda hablarse de una educación intercultural única, pues dependiendo de los grupos culturales involucrados, ésta puede presentar matices. Podría pensarse que el proceso de enseñanza-aprendizaje puede variar en función del contexto y de los participantes. Así, al contemplar escenarios como los arriba planteados, puede que el proceso sea uno si se trata de lenguas y culturas “de prestigio”; otro si se trata de inmigrantes que aprenden como segunda lengua la lengua del país en el que se encuentran, y seguramente tendremos otro escenario si se trata de los pueblos originarios cuando aprenden en un sistema educativo que promueve abierta o veladamente la aculturación a través del aprendizaje de la lengua de prestigio del país.

Lo anterior deja ver que no podemos hablar de una educación intercultural única y que habrá que tomar en cuenta a los participantes y el contexto en que ésta se da. Aunque reconocemos que la interculturalidad puede presentar asimetrías en cuanto a las relaciones de poder entre los participantes, la noción de educación intercultural a que este trabajo apunta es aquella que pugna por la simetría y por un conocimiento mutuo entre las partes involucradas.

Cuando la educación intercultural como se le plantea aquí también es bilingüe puede significar que ya no se considera la lengua materna como un “puente” que permite llegar a la segunda lengua, sino como un medio de instrucción en sí misma; como una herramienta que puede ser de ayuda para la enseñanza de la segunda lengua. Es decir, el tipo de educación bilingüe al cual aquí nos referimos no es uno de transición en el que se utiliza la lengua materna como instrumento de alfabetización, sino de enriquecimiento basado en un pluralismo cultural (cf. Hamel 2000) del alumno.

Para ello es necesario entender la lógica con la que se construye el mundo desde la perspectiva de los pueblos de México, y a partir de ella desarrollar contenidos y procesos de aprendizaje que surjan de esta fuente. Este aspecto se tratará en la segunda parte de este documento de trabajo.

I.4.-   La interculturalidad como un recurso para la educación “indígena”.

Así pues, el reto de los programas de educación intercultural “indígena” es el paso de una postura vertical a una horizontal. Es decir, se intenta superar la visión monoculturalista desde la cual no se da espacio a la diversidad cultural, que a la vez propiciaba una relación de exclusión de la cultura y lengua de los pueblos originarios (cf. Hamel 2000).

A la base de la educación intercultural se encuentra el pluriculturalismo, orientación cultural que considera las diferencias étnicas como factores de enriquecimiento sociocultural; como recursos valiosos para la sociedad: “el afianzamiento de la cultura propia y el desarrollo de habilidades universales en ella a partir del reconocimiento de la desigualdad o el conflicto cultural, como base para la adquisición de conocimiento de otras culturas” (Hamel 2000:137). La educación intercultural busca preservar y desarrollar las lenguas y culturas étnicas al tiempo que se da la enseñanza de la lengua nacional como segunda lengua. Este autor se refiere a la pluriculturalidad como diversidad asumida y practicada positivamente (161). Señala que desde una orientación pluricultural la convivencia entre las diversas culturas deja de verse como algo inevitable para considerarse una ventaja y un recurso que permite el desarrollo y el enriquecimiento mutuo.

Los programas basados en un currículum intercultural proponen seguir un proceso de enseñanza en el que primero se impartan los contenidos cognitivamente exigentes en la lengua materna, como son la lecto-escritura y las matemáticas. La enseñanza de la lecto-escritura en lengua materna trae como resultado un mejor desarrollo del bilingüismo en niños de edad escolar y permite la reflexión sobre el uso de la lengua materna. Al tiempo que los niños desarrollan destrezas académicas en su propia lengua, reciben contenidos a través de la segunda lengua. Las destrezas académicas asociadas con la lecto-escritura comienzan a desarrollarse antes de que el niño empiece con la lectura y la escritura de manera formal (Francis & Reyhner 2002).

La interculturalidad se presenta como una posibilidad de conservar y desarrollar la lengua, cultura y valores propios de cada pueblo. Lo anterior puede representar una doble ventaja en el proceso de enseñanza- aprendizaje. Por un lado, permite que los hablantes de lenguas étnicas tomen conciencia acerca de su propia lengua y cultura, al tiempo que el manejo del español les permite tener movilidad y participación a nivel nacional. Por otro lado, la lengua materna puede dar pautas que permitan a instructores e investigadores de la lengua indagar sobre los procesos de aprendizaje de la segunda lengua.

Es preciso tener en cuenta que tampoco puede hablarse de una interculturalidad con respecto a los pueblos de México. Es tal la variedad de culturas y lenguas, que no es posible agruparlos bajo un mismo enfoque. Siendo así, la educación intercultural tendría que “personalizarse” para el caso de cada grupo lingüístico y cultural del que se trate.

Puede darse el caso de que existan puntos de convergencia entre las diferentes culturas mesoamericanas, pero también se espera encontrar aspectos culturales y lingüísticos pertinentes a cada grupo cultural. Hamel (2000:154) considera relevante para el proceso educativo intercultural distinguir entre elementos universales comunes a todas las culturas y elementos particulares de cada una de ellas. Desde esta postura resulta lógica la propuesta de Muñoz Sedano (1997:32) sobre “no imponer un modelo único ni uniforme para todos los centros e instituciones educativas”. En una sociedad pluricultural como la de hoy en día no cabe pensar en una sola educación intercultural fija para todos los grupos culturales.

Aunque estas posturas son viables, nos vuelven a repetir un modelo intercultural vertical, sólo que ahora toma en cuenta la gran diversidad cultural de los pueblos de México; la propuesta que se hace desde p’ijyo’tan, es desarrollar pedagogías indias como esquemas de tránsito hacia una pedagogía de cada pueblo; sólo hasta que esta condición se satisfaga será posible una educación intercultural horizontal.