LENGUAS

 

Las lenguas, festejo cósmico-sonoro de la vida, de la diversidad.  

Armando Verdín Galán

El ser humano emerge en el caos originario de murmullos cósmicos, se yergue y se erige en la naturaleza chorreante de ruidos infinitos e indeterminados, entre el bullicio terrenal como un ser capaz de imitar y producir sonidos: ruidos nuevos, variaciones de la primigenia actividad vital que se crea y recrea en y por la sonoridad. Él continúa, en armonía acústica, las múltiples formas de hacerse presente en lo que empieza a ser mundo, lo mismo que diversifica las infinitas formas de relacionarse en el pluriverso con otras criaturas que sienten, desde su particular modo de percibir, el crujir y el reventar de la vida: en el principio era la vibración sonora, el sonido.

Sonidos que se desvanecen una vez emitidos, pero que van dejando lúdicamente su huella, su marca indeleble en el cuerpo, en la materia, hasta que haya cuerpo o materia que los imiten o los produzcan. Fue larga la espera, pero finalmente llegó el momento evolutivo preciso, para que el sonido ya no ocurriera sólo como una conveniencia para producir y conservar el torrente de la vida, o como un modo de relación de la vida con la vida misma, sin que ésta se enterara de lo que ocurre en su continuo desplegarse.

Este flujo vital sonoro y armónico creó una especie capaz de articular sonidos que no sólo reproducen e imitan los ruidos del medio y de la natural expresión de dolor, hambre y satisfacción de otros seres; es decir, sus gemidos, sino que se creó para sí misma la facultad colectiva de exprimir, de la diversidad inmensa de murmullos, sonidos con los que teje cadenas acústicas que expresan algo distinto de la pura emisión sonora. Con éstas se nombran las cosas, los eventos; pero lo más significativo es que con ellas se dice a sí mismo y tiene la pretensión de comunicar y de comunicarse: el universo crea otra vía de enunciarse a sí mismo de otro modo, igualmente ruidoso, estrepitoso. No en vano persona es el modo particular en el que cada quien "suena" a través de su cuerpo: el sonar, el sonido, la pauta de vibración sonora es lo que hace a cada quien ser la persona que es.

De forma análoga, en este proceso que dura millones de años, se inventa la escritura  para reducir la fugacidad de las palabras, para rescatar del olvido lo que se consideraba valioso para la convivencia y para la continuidad de la vida. Con este fenómeno se reduce, de nuevo, la cantidad de sonidos a un número pequeño de signos, que además de fijar en la memoria colectiva el significado y de comunicarlo a las generaciones futuras, permite a su usuario formas apenas imaginadas de expresión y de comunicación con los demás y consigo mismo.

De estos signos palabras emergen, de manera dialéctica, las letras, tratando de fijar las variaciones sonoras labradas en el cuerpo y, como continuidad, en la comunicación. Podemos imaginar cómo se cristalizaron en sonidos-símbolos las necesidades e intenciones de comunicación; los anhelos y las frustraciones en oraciones, en frases, en palabras; para luego dar paso a la invención de pictogramas, jeroglíficos y letras en las que se pudieran conservar las aspiraciones y las realizaciones humanas. Pero éstas, que de por sí pretendían imitar los sonidos, procedieron de la misma manera como se produjo la lengua oral, sólo que ahora se cifraban los sonidos-símbolos en un menor número de elementos: las grafías, las letras.

La reducción del caos de los sonidos que produjo la creación de la lengua hablada generó, posteriormente, otro caos al inventarse la lengua escrita; pero esta vez el caos de la palabra escrita tenía la propiedad de engañar por su aparente simplicidad, pues con tan sólo un número reducido de signos gráficos se pretende cifrar la diversidad sonora de la lengua y, con ellos, plasmar por escrito todo lo que resulta posible decir en un sistema lingüístico.

Así como arbitraria fue la manera en que se fijaron los significados de las palabras en el lenguaje oral, así también es la fijación de los sonidos en signos gráficos; por eso, tal vez, su funcionamiento es parecido. Del murmullo gráfico de las letras se forman las palabras de manera arbitraria, así como en “esa primera edad, las palabras brincan fuera del toque de la corneta, decisivo, y son recuperadas sin cesar gracias a él, volviendo a caer de nuevo, cada vez, según nuevas formas y siguiendo reglas diferentes de descomposición y de reagrupamiento” (M. Foucault, 2002: 21).

Tal vez sea lo anterior una ligera señal de que lo que importa, después de todo, no es ni el sonido que se expira y que al instante espira al decir una palabra, ni la palabra que termina por fijarse en sistemas gráficos, sino el significado, las necesidades, los anhelos y las intenciones de los que producen y comunican estos dos tipos de lenguaje: el oral y el escrito; es decir, del ser humano mismo que es producto del sonido articulado y continuidad de la vibración cósmica.

Las lenguas vienen a ser una especie de festejo cósmico-sonoro de la vida, pero al mismo tiempo una celebración de la diversidad. Baste recordar la gran variedad de pautas sonoras con las que la especie reproduce el murmullo cósmico, los ruidos primigenios, los chasquidos ancestrales, los gemidos primitivos. Como dice Norbert Elias (1994: 36), al relacionar la diversidad de lenguas con la posibilidad de generar nuevos conocimientos: "La inmensa variabilidad de pautas sonoras que pueden producir los seres humanos como medio de comunicación es una de las condiciones de ampliación del conocimiento. Sin cambios innovadores en las pautas sonoras del idioma no serían posibles cambios innovadores del conocimientos."

Sólo aparentemente se trata del mismo hecho, del mismo fenómeno, que podría expresarse mediante la variedad de pautas sonoras que forman las lenguas, sin embargo lo exuberante de la diversidad acústica, nos permite intuir que cada lengua atrapó sonidos diferentes en la interacción del cuerpo con el medio, para simbolizar hechos u objetos distintos; de modo que aunque el objeto de referencia fuera el mismo, como el que se designa con las palabras: moon, Mond, lune, U, luna, es posible que cada lengua sea testimonio de mundos acústico-simbólicos diversos. 

Es plausible pensar que las lenguas nos ponen en contacto con la gama infinita de sonidos primigenios, con la capacidad humana de hacerlos cautivos en pautas sonoras, para cautivarnos con el pluriverso del significado y de la comunicación. De este modo, las palabras y las letras con las que éstas se forman no deberían representar barreras, diques u obstáculos para acceder al significado y a la comunicación con otras pueblo-lenguas; éstas son, por el contrario, catapultas que lanzan al mar de los sonidos-significados, son, por así decirlo, rutas corpóreo-sonoras que permiten ver la pluralidad de mundos de sentido creados por la especie cósmico-eco-humana y, más allá, el murmullo originario, los ruidos de la naturaleza, la diversidad de sonidos que están y estaban antes de crear el lenguaje oral y de inventar el escrito. En otras palabras, las lenguas nos abren una puerta hacia nuestro origen y otra hacia nuestro destino como especie; tal vez sólo sea casualidad que sentido sea un anagrama de destino; es decir, que se articulan exactamente con los mismos sonidos y se escriban con las mismas letras. Como dice Foucault (2002: 27): “creación doble y entrecruzada del hombre y de las lenguas, sobre el fondo de un inmenso discurso anterior”.

Podemos cerrar esta reflexión con otra cita de M. Foucault (2002: 33), que nos recuerda la idea de ver la lengua como un festejo cósmico-sonoro de la vida: “Las palabras no aparecen cuando cesa el ruido, vienen a nacer con su forma bien recortada, con todos sus múltiples sentidos, cuando los discursos se han amontonado, acurrucado, aplastado unos contra otros, con el recorte escultórico del susurro”.

 

Coordinadora: María Mónica Cuéllar Ayala

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