inCompetencia
Lingüística
Armando
Verdín Galán
Algunas veces va bien ser lingüísticamente incompetente; de ese modo,
nos enfrentamos de cara y de lleno a los embates del cuerpo y de las
pasiones, sin mediación simbólica y sin la posibilidad de redimir los
trastornos físicos y las afecciones del espíritu mediante las palabras.
Esos momentos son desbordados por el deleite que experimentamos ante la
vulnerabilidad inefable del ser, o como lo expresa Víctor Frankel, del
homo patiens.
Entonces es cuando se despeja cualquier tipo de duda sobre la infinita
capacidad para padecer, para sufrir las afecciones que desencadenan
cuerpo y mente sobre sí mismos.
Ante tal abandono de la palabra, nos arrojamos en el vórtice de lo
indecible y padecemos. Mudos y sin imágenes ni versiones de nosotros
mismos nos sorprendemos así, en silencio, sumergidos en el absurdo, sin
posibilidad de encontrar en esa espiral de vacío ni experiencia ni
concepto previos que nos expresen.
Suerte, pues esa incompetencia verbal nos engaña al grado de creer con
certeza que esos momentos no los cubre la lengua y, por lo mismo, que
permanecemos indecibles e inexpresables aun para nosotros mismos: de
nosotros mismos desconocidos.
Quizá por
eso sienta que la pasión, más que la acción, es un misterio; contiene de
mí lo para mí ignorado; en otras palabras, la pasión (la capacidad de
padecer, de ser afectado, la vulnerabilidad) resguarda en mí el
insondable abismo de mis posibilidades: el hoyo negro de mis
limitaciones.