Armando Verdín Galán
México, D.F.
07/09/06.
El sendero hacia Canto
a Nezahualcóyotl se me ha abierto por la vía de lo leve paradójico,
pues el inicio de su lectura se dio, aunque haya sido por un instante,
sin conocer a su autora; mas en ese mismo momento y desde las primeras
líneas de sus textos, se me fue revelando.
No pretendo afirmar que ahora la
conozco, pero a través de sus poemas me siento poco más cerca de ella.
Inspirada tal vez por
Xochiquetzal, la diosa de todo lo vivo, de todo lo que se genera, la
autora de este libro se nos presenta como maestra de la palabra, muy
cercana al tlamatini, la que sabe algo, “la que medita y discurre
sobre los antiguos enigmas del hombre en la tierra, el más allá y la
divinidad.”
La imaginación creativa de
Guadalupe Cárdenas dio a luz los poemas; y la magia de su sensibilidad
hizo que se convirtieran en promesas sonoras de experiencia estética.
Sus textos se transforman ante nosotros en los espejos de un largo sueño
que la pasión por la palabra prosigue en nosotros.
Una sensación de
extranjerías se abrió en el horizonte de la lectura. Primero, se da
a la tarea de destejer los mitos ancestrales (Teotlatolli, Palabras
Divinas del Anáhuac), para luego volverlos a tejer en poemas; pero
revestidos con otras palabras, en otra lengua; después, ya visto desde
este tiempo extranjero, deja rezumarse la sensibilidad y la voz
femeninas en las del dios-hombre (dios-humus, dios-arcilla) y las
penetra.
Dios que nace
en una orquídea de barro.
Entre los pétalos de arcilla nace,
sonriente, la flor humana.
(Piedras sueltas, Octavio Paz)
Lo anterior puede apreciarse en “Habla
Quetzalcóatl-Hombre”, donde tempestivamente nos enfrenta a lo sublime
femenino, a lo efímero sublime:
De frágil barro me hizo
el Dador de la Vida,
soy una pequeña porción
de músculos y huesos
y una inteligencia mudable;
pero algo dentro de mí,
vasto como el Universo
me orilla a trascender mi cuerpo;
busco en cielos y tierra lo imperecedero,
lo que a través de los tiempos será,
aun cuando un sol termine
y comience otro y regrese a su principio
la cuenta de los días anudados.
[…]
En las noches largas medito.
El inefable me ha dado a conocer
que todo cabe en el ser del hombre
porque su esencia es fuego, agua y tierra
no sólo es malvado o noble:
es todas las cosas a la vez.
En su cuerpo y alma caben los montes,
los ríos, los árboles, las piedras,
el aire, el sol, el universo entero.
así en el árbol cabe la piedra y el agua
y en las piedras mora la energía de los
astros.
[…]
¿Mereceré llamarme sacerdote
de Aquel por Quien vivimos y Todas las
cosas son?
Del Dios que no tiene nombre
y se invoca con todas las palabras.
Ayuno, guardo y silencio y me sangro,
elevo hacia él mis pensamientos.
Soy aquí en la tierra un grano de polvo;
pero mi alma se alimenta de saber y crece
y es parte del Universo: la luz dentro del
hombre
no perece, trasciende las edades.
Lo sublime femenino y lo
efímero sublime, en cuanto poema que viene a ser, nos llevan hacia lo
elevado, a un más allá del aquí y del ahora, pues “está en la naturaleza
de lo sublime arrastrar abruptamente y llevarse por delante todo lo
demás con la impetuosidad de su movimiento”. La elevación a lo sublime
arrebata, dispersa como algo que sucede en el mundo, donde nos
arrastramos llevando a cuestas la cotidianeidad, y pasa, así,
tempestivamente (en el tiempo que le corresponde, oportunamente) y nos
desgarra como el rayo; nos sorprende y nos asusta al mismo tiempo que
nos ilumina y asombra.
Este acontecimiento, el llegar
a ser de lo sublime femenino y de lo efímero sublime, ni persuade ni
convence sino que lleva al éxtasis; nos saca de nuestro lugar de
estancia cotidiano, nos desplaza y nos trastorna, nos pone fuera de
nosotros mismos y nos lleva hasta el lugar (elevado) donde él mismo
acontece; de ahí la dispersión, pues pone en movimiento (alejándole)
aquello que toca y le saca del lugar en el que estaba.
Lo esencial de un
acontecimiento sublime, como la poesía, es que no pasa inadvertido; mas
no por ello se trata de un suceso fácil de narrar, al contrario,
requiere de un lenguaje especial, de un modo especial de usar el
lenguaje: en tanto que el suceso se sale de lo usual (del aquí), el
lenguaje con el que se expresa debe ser un lenguaje metafórico,
que nos saca y nos conduce a un más allá de lo inmediato.
A este tipo de lenguaje, al
que se aparta de lo usual, al que arrebata, le llama Aristóteles
“extranjero”, “peregrino” porque no está en el lugar que le es propio,
sino alejado de su patria, es una voz extraña al lugar en que aparece y
es por ello que puede hablar de lo extraordinario de forma
extraordinaria.
Sin embargo, estas
extranjerías sólo equívocamente apuntan hacia la polarización, hacía
los límites y las fronteras. Pero esto no es así, porque el poema teje
en el intersticio fecundo de los polos:
“Todo lo que existe,
se une para crear la vida.”
“[…] todos los dioses caben en UNO
y en Él cabe el Universo […]”
Las extranjerías tienen
que ver más bien con el hecho de que los textos de Guadalupe Cárdenas
nos acercan poéticamente a la esencia de las Palabras Divinas del
Anáhuac, desde un horizonte cultural extraño, el nuestro, en el que
éstas pueden tener la calidad de extranjero; es decir, de no estar
naturalizadas en él. Lo mismo podría decirse de la segunda
extranjería, donde la versión femenina del dios-humus, del
dios-barro podría no tener aún carta de nacionalidad en una cultura
patriarcal como la nuestra:
Cuando mi cuerpo no sea más sobre la
tierra
iré al lugar del color blanco,
color con que se visten las almas que
resucitan;
primer tinte antes del rojo,
Jardín de Tamoanchán, en el Oeste,
donde son las “Mujeres Divinas”
sabré el misterio del Origen y de la
Resurrección.
En ambos casos la poesía se
acerca a la rebeldía, como deseo de lo propio. De modo que la autora ya
no sólo se revela a través de sus líneas, sino además se
rebela contra la polarización y las fronteras excluyentes, contra la
lógica realista-materialista de negación de lo otro, de la naturaleza y
de lo divino. Con su poesía, con su versión de lo sublime femenino y de
lo efímero sublime nos arrebata y nos eleva al lugar donde todo esto
ocurre, en el momento que le es propicio.
Todo lo que existe,
se une para crear la vida.
No pensamos la tierra sin animales,
sin aquella majestad de árboles y plantas
sin blanco, sin el rojo y el negro.
Como el caracol, Joyel del Viento,
necesitamos aire para tener voz
color para alimentar nuestra energía
y el agua se convierte en el cuerpo
en Chalchíhuatl, Líquido Precioso
que corre por las venas y alimenta nuestro
corazón.
Este tejido, en la tensión
creativa de las polaridades, resuelve en lo leve paradójico las
oposiciones: parte-todo, masculino-femenino, noche-día, malo-bueno,
activo-pasivo, antiguo-nuevo; y traza, mediante la poesía, la fuerza
mediadora que une lo separado, que asemeja lo diverso, que acerca lo
lejano, que hace conocido lo ignorado, que vuelve familiar lo extraño.
Trama inextricable del tra-yecto
de un pro-yecto que des-a-nuda,
que arroja y lanza: yecto;
e-yecto
de la vivencia muda
allende cercas y barreras, ab-yecto,
hueco. Vacío que re-a-nuda
filamentos sueltos, sin asideros,
sin continuidades ni mesura;
nieblas que borran los senderos
y el aliento de retornar al camino:
exiliado, ajeno, peregrino,
extraño en el extranjero.
(Tomado de más arriba)
Segundo Giro.
Todo el libro en un poema, un
poema en todo el libro o viceversa.
El ciclo del poema que es el
libro y el ciclo del libro que es cada poema se proyectan hacia el
infinito, en un movimiento metafórico, como una espiral que se
alimenta y nutre de giros sucesivos y renovados.
Giros inaugurados y
clausurados por la esperanza en ascuas. Serpenteo interminable que
inicia y concluye con “flor y canto”, y mimetiza la expansión y la
vibración cósmicas del universo, mejor aún, del multiverso.
Giros en los que se confunden
los instantes del origen, del florecimiento, del marchitarse y de la
muerte; vida y muerte devorándose mutuamente con fruición, con apetito
insaciable.
Los Cuatro Soles, que
en realidad son Cinco, y cada Sol en su propio ciclo, repiten
“religiosamente” este principio cósmico. Cada final es el comienzo, cada
comienzo es el final y los dos son el medio:
SOL de TIGRE
[…]
Envidioso el tigre dionisiaco
zapatos de acero lanza al Sol;
un terrible ocelotl envuelve al mundo,
y se devora a sí mismo desde dentro,
de lo oscuro el frío glacial del Norte
cubre de hielo al mundo en Primavera:
el eclipse total anuncia el fin
Vida y muerte devorándose con fruición y
apetito insaciable, esperanza en ascuas.
SOL DE AGUA
[…]
La eclosión de pantanos sorbía la vida
de aquel mundo: ese Sol que un tiempo
esplendente vivió, se trastoca
en fantasma, en vaho, en nada.
[…]
Vida y muerte devorándose con fruición y
apetito insaciable, esperanza en ascuas.
SOL DE LLUVIA
El Sol era oculto tras las negras nubes
miedo y oscuridad cuando comienza
la lluvia pertinaz, después tormenta,
azás
vorágine arrastrando a su centro
[…]
El bosque incendiado fulgura y marca
un crepúsculo en rojos bermellones
que eleva al cielo en espirales negras
el humo que ensombrece el Universo.
Vida y muerte devorándose con fruición y
apetito insaciable, esperanza en ascuas.
SOL DE VIENTO
[…]
Y el hombre, imprevisto pájaro, llora
y el dios bueno Quetazalcóatl mitiga
su dolor y convertido en mono
lo deja en ese mundo que ya sosegado
es el nuevo Paraíso del Origen
y otra vez el principio de la evolución
será: de mono al hombre y del hombre a
dios.
Vida y muerte devorándose con fruición y
apetito insaciable, esperanza en ascuas.
SOL DE MOVIMIENTO
[…]
donde la realidad visible no es:
esconde tras su niebla lo siniestro,
lo ambiguo e inexplicable, en apariencia
de lento transcurrir que se distiende
y acaso deja ver por un instante
en abismo donde vagan los seres imbuidos
en un esperanzado tiempo sin conciencia.
Todo tiempo se cumple y no sabemos
cómo dejar intacta esa “ligadura de los
años”.
Acaso Xiuhtecutli con sus dardos de fuego
enviarán al mundo abasto para fin.
¿Será así la profecía en vértigo de soles,
en perenne movimiento hasta que el mundo
gire y estalle y termine su memoria.
Vida y muerte devorándose con fruición y
apetito insaciable, esperanza en ascuas.
El ciclo de Quetzalcóatl.
El ciclo de Quetzalcóatl
transita por los mismos senderos, por ejemplo, el paso “del mono al
hombre y del hombre a dios”; anclaje cósmico del drama humano, del
dios-barro; esperanza en ascuas que pasa de la conciencia a la
conciencia de la conciencia y se pregunta por el sentido de la
existencia; es decir, por su significado y por su fin; modelaje cósmico
del destino humano, del dios-humus, Quetzalcóatl.
“[…] la Serpiente de Plumas,
se mueve entre dioses y hombres, puesto que Quetzalcóatl es dios que
recala en el hombre y es hombre que alcanza la divinidad. La Serpiente
de Plumas nació cuando a lo que se desliza sobre la Tierra le salieron
alas para elevarse a Cielo. Quetzalcóatl es hombre superior, el círculo
interior de humanidad, el eslabón entre dioses y hombres”, la fuerza
mediadora que supera las polaridades.
El ciclo de Quetzalcóatl es el
ciclo del Quito Sol; es una metafora del ciclo cósmico de los
planteas y de las estrellas que refleja el perpetuo devenir de la vida
humana; trama recurrente en todo lo vivo.
De nuevo, vida y muerte
devorándose furtivamente; el Sol devorado por la Noche y la noche
pariendo al Sol. Serpiente del corazón que se hiere a sí misma y “se
obliga a tragarse su propio veneno”; de la digestión de éste le nacerán
las alas del espíritu para elevarse a Cielos.
Con sus poemas, Guadalupe Cárdenas
acompaña y hace el viaje de Venus por los Cielos, y con ello también
realiza el viaje del alma hacia la luz; comparte su paso por el
inframundo y la superación de los obstáculos y tentaciones que el alma
gemela (Xólotl) y el antidios (Tezcatlipocatl) de Quetazalcóatl
le ponen en el recorrido:
“Ce Acatl Quetzalcóatl, yo te saludo y
vengo a darte tu cuerpo. Quetazalcóatl, consciente de su origen divino,
se quedó perplejo. -¿Mi cuerpo? ¿Qué dices de mi cuerpo? Déjame ver. Y,
al ver su cuerpo terrenal por primera vez reflejado en el espejo, se
asustó mucho.”
LLEGADA DE QUETZALCÓATL A TIERRAS DE
MÉXICO
[…]
El hombre un atleta semeja
de ignorado lugar en la tierra
o quizá de un espacio celeste.
Un portento su cuerpo se mira
en etérea barca custodiada
por la enhiesta serpiente de bello
plumaje.
En su frente un halo de serenidad,
la sabiduría asoma a sus ojos.
Su barba oscura, crecida
con blancas perlas adorna
que el color del rostro envidian:
esencia divina su ser.
[…]
La voz femenina de
Quetzalcóatl reposa en la casa de las flores y con “flor y canto” se
dirige al Dador de la Vida, a aquél por quien se vive; y en el vórtice
de la espiral se encuentra así misma “elemental y huidiza como el
viento”; envuelta en copal percibe la belleza, “el ser encuentra a
Neztiliztli”, que es ella misma, sin darse cuenta. Belleza que la
habita, habitada por la belleza. Pues,
“Sólo así somos dignos de buscar
el principio Tloque Nahuaque.
Tal vez algún día recordará a su criatura
efímera y frágil como la espuma de mar;
así regresaremos triunfantes
de la fría “Región de los Descarnados”.
Valles y crestas, esplendor y decadencia, ciclo cósmico infinito de la
vida, de la cultura, del dios-barro, del dios-humus. Y, de
nuevo, la vida y la muerte devorándose mutuamente con fruición, con
apetito insaciable: esperanza en ascuas.
Revelación de Guadalupe
Cárdenas que se torna rebeldía de lo propio; nostalgia por lo extraño
donde se encuentra: en el recorrido cósmico, en el viaje del alma
hacia la luz; voz femenina de Quetazalcóatl en éxodo, exiliada de sí
misma.
VIAJE DE QUETZALCOATL
[…]
El cielo sorbía mis deseos.
¿Cuál será el destino de los hombres
que han hecho de este mundo
un camino intransitable?
Llevo años en el éxodo sin saber de mí
vivo sobre mares y montañas
en el espacio todo del mundo.
Enseguida, EL PUEBLO AZTECA
ESPERA VER CUMPLIDA LA PROMESA DE QUETZALCÓATL:
Muchos años esperamos
al Intangible como la noche,
como el viento que ocurre en las colinas.
Esperamos un año Ce Ácatl llegar
cada cincueta y dos vueltas a la tierra
al sol, y cuatro veces este tiempo no
llegó.
[…]
Mas los hombres sencillos que pueblan el
Anahuac
aún esperan un tiempo Uno Caña
en que se abran caminos a la verdadera
vida.